Crítica: Casino

2 04 2009

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Título: Casino
País: EE.UU.
Año: 1995
Duración: 178 min.
Director: Martin Scorsese

Intérpretes: Robert de Niro (Sam ‘Ace’ Rothstein), Sharon Stone (Ginger McKenna-Rothstein), Joe Pesci (Nicholas ‘Nicky’ Santoro Sr.), James Woods (Lester Diamond), Don Rickles (Billy Sherbert), Alan King (Andy Stone), Kevin Pollak (Phillip Green)
Guión: Nicholas Pileggi & Martin Scorsese; basado en el libro de Nicholas Pileggi
Fotografía: Robert Richardson
Montaje: Thelma Schoonmaker
Dirección artística: Jack G. Taylor Jr.

Como señalaba acertadamente el propio director Martin Scorsese en una entrevista:  “es a lo que a”. Nunca un calco vergonzosamente mimético, sino una variación sobre el mismo epicentro temático que escarba en los hallazgos y ahonda en el alma del excelente título anterior con parecida y -en algunos instantes verdaderamente estelares- superior capacidad de seducción.

Lo que Scorsese y su coguionista Nicholas Pileggi nos proponen en Casino es una historia clásica de auge y caída de un paraíso de la mafia, el del juego en la populosa ciudad de Las Vegas, en el transcurso de la década de los 70; sin renunciar a la grandilocuencia formal como huella iconográfica, el realizador recrea una suerte de ensoñado Camelot del crimen donde los excesos de un megalómano judío llamado Ace Rothstein que regenta el casino al que alude el título y las infidelidades de un desenfrenado y brutal escolta con una esposa adicta al lujo y a las drogas, conducen a la ruina para instalarse en la decadencia en apenas diez años.

Ni qué decir tiene que este irónico y barroco retrato de los antiguos fastos de Las Vegas se convierte en una lúcida metáfora del atroz capitalismo estadounidense; monstruoso, convulsivo y despiadado aparato económico que termina por engullirse a sí mismo y que corrompe a cuantos participan de su maquinaria precipitándoles hacia un salto al vacío.

Pero más allá de la sombría y audaz clarividencia de los documentados Scorsese y Pileggi planeando sobre una concienzuda reconstrucción histórica de la época de esplendor de la ciudad del juego, lo más sobresaliente es la deslumbrante forma con que el genial cineasta italoamericano orquesta este fresco monumental.

No me parece gratuito sentenciar que la llegada de cada nueva película de Martin Scorsese, como ocurría con Orson Welles, Alfred Hitchcock, Jean-Luc Goddard, Luchino Visconti o Samuel Fuller, hace avanzar varios años la narrativa cinematográfica y no supone una excepción. Estamos, quizá, ante la mejor película dirigida por Martin Scorsese, repleta de sus resabios visuales y temáticos, evocando desde al actor fetiche incluido (De Niro), pero comprimiendo sus pilares estéticos en el marco de un guión de relojería, con un montaje y un ritmo perfectos.

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A partir de un juego de encabalgamiento de voces en ‘off’, como las de Joe Pesci y Robert De Niro -memorables en sendas actuaciones- que reviven con nostalgia aquellos años dorados del imperio, Scorsese dinamita todas las convenciones de la diégesis tradicional y construye un discurso visual enérgico, abrupto, de agolpado discurrir y libérrima estructura, perfectamente asimilado al paranoico proceder de sus personajes y exhibe un vistoso espectáculo en forma de gran “flashback” de tres horas de metraje y luces de neón -gran fotografía de Robert Richardson- que encierra en su arranque y en su desenlace, a modo de telón, la artesanía del veterano Saul Bass a través de ampulosos títulos de crédito.

Brilla a través de las rendijas de la delicada e inteligente secuencia de sus imágenes el desgarro de una indómita Sharon Stone que no sólo crea un personaje vivo y, por lo tanto, contradictorio y complejo, sino algo más que eso, pues alcanza el culmen de esta misteriosa hazaña de la inventiva mediante el prodigio de la transfiguración, esa rarísima capacidad de algunas, muy pocas, presencias para absorber la médula del personaje al que dan cuerpo mediante un giro instantáneo del comportamiento, del gesto y, sobre todo, del flujo húmedo y magnético de su eje: la mirada.

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Sharon Stone es dueña de esa veloz capacidad de mutación, que rompe los límites convenidos de la pantalla y hace que las imágenes por donde ella pasa sigan flotando fuera del cerco de penumbra de la sala, sobre las aceras iluminadas de la memoria, una vez que concluye la proyección de la película.

El más hondo, sagaz y radical latido del cine de Martin Scorsese, el de la apasionante Taxi Driver (1976) y el de la amarga desolación de La Edad de la Inocencia (1993), se encuentra ancha y generosamente agazapado detrás de este extraordinario ‘tour de force’ que recibió un Globo de Oro como Mejor Actriz Dramática y una posterior candidatura al Oscar en la misma categoría. Podría retomarse, en honor a Scorsese, esa misma frase para la posteridad que De Niro pronuncia en el film: “Hay tres formas de hacer las cosas: Hacerlas bien; hacerlas mal y hacerlas como yo las hago”.

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25 04 2009
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