Crítica: Los abrazos rotos

26 03 2009

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Título: Los abrazos rotos

País: España

Año: 2009

Duración: 130 min.

Género: Drama, intriga

Director y guionista: Pedro Almodóvar

Intérpretes: Penélope Cruz (Lena), Lluís Homar (Mateo Blanco/Harry Caine), Blanca Portillo (Judit García), José Luis Gómez (Ernesto Martel), Rubén Ochandiano (Ray X), Tamar Novas (Diego), Ángela Molina (madre de Lena), Chus Lampreave (portera), Kiti Manver (Madame Mylene), Lola Dueñas (lectora de labios), Mariola Fuentes (Edurne), Kira Miró (modelo), Rossy de Palma (Julieta), Alejo Sauras (Álex)

Música: Alberto Iglesias

Fotografía: Rodrigo Prieto

Estreno en España: 18 marzo 2009

No cabe duda que la expectación desmedida que se genera en las previas del estreno de autores importantes se me antoja más como una rémora que como un viento a favor. Algo así parece haber sucedido con el tan esperado retorno de Almodóvar a las carteleras tres años después de su aclamada Volver.

Esperada como agua de mayo que sirviera de acicate para un ansiado repunte de la taquilla del cine español, Los abrazos rotos, parece no haber entrado a muchos por el mejor de sus ojos, pese a haber llevado en volandas al público a las salas situándola en un meritorio segundo lugar a rebufo del incontestable Gran Torino de Clint Eastwood, que sigue manteniéndose intratable.

No deja de ser revelador que con la cantidad de películas que se hacen al año en España, 173 en 2008 sin ir más lejos, tengamos que estar esperando ahora a Almodóvar, y más tarde a Amenábar, para levantar el pabellón y justificar lo injustificable.

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Sinceramente Almodóvar no es uno de esos realizadores que despierten en un servidor una adhesión incondicional. Pese a ello me parece un director que ha puesto al cine español en el mapa cinematográfico por méritos propios. Y en ese contexto Los abrazos rotos no desentona con la personalísima trayectoria del realizador manchego y, aunque menos fresca y más abigarrada, vuelve a evidenciar su maestría y valentía, esta vez con una laberíntica amalgama de historias cruzadas donde bascula con equilibrio de funambulista entre el melodrama, el cine negro y el humor.

Probablemente se le pueda acusar en esta ocasión más que nunca de un innegable ensimismamiento, pero ni es algo nuevo en él ni siquiera reprobable. De hecho, estriba precisamente en esa abstracción en su propio mundo emocional la llave de su inconfundible estilo, reconocible desde el primero hasta el último fotograma, con sus muchos pros y algunos debes.

En rueda de prensa el propio Almodóvar decía que sólo esperaba que la película entretuviera al espectador y que no se hiciera larga. A ese respecto, y aunque confieso que prefiero el cine que me hace sentir, reflexionar y mirar hacia adentro (el de Almodóvar no lo consigue), la película transcurre con latido desigual pero en un tono general de amenidad que, entiendo, puede ser suficiente para captar el interés y entretener al personal.

Efectivamente se le pueden achacar vicios, algunos nuevos y otros que vienen de lejos. Probablemente en su afán de superarse también termine enredado en una cierta pretenciosidad. Por otra parte, tampoco creo que a estas alturas, conociendo los afectos y fobias del realizador, sorprendan a nadie los cameos estrambóticos y apariciones fugaces, más o menos gratuitas y más o menos pertinentes que pueblan la cinta, dígase por ejemplo la muy notoria de Kira Miró al inicio de la cinta mostrando sus “credenciales”.

Tampoco niego que el reparto se me antoja descompensado, de manera que se alternan escenas para el recuerdo de mano de secundarios pletóricos como Carmen Machi, Ángela Molina o la propia Lola Dueñas, frente a un Rubén Ochandiano que debe hacer frente a un esperpéntico y grotesco papel o un anodino Tamar Novas que, por culpa propia o ajena, navega (o zozobra) en la insustancialidad del personaje.

Y es precisamente en este orden de cosas donde observo las principales carencias. La película, ajena a la intensidad e implicación emocional del reparto en el rodaje de las que alardeaba el director en declaraciones públicas, está muy lejos de involucrar emocionalmente al espectador. Se percibe laboriosa pero fría. Divierte a ratos pero no conmueve.

 penelope

 

Con todo son también muchos los argumentos a favor de esta peculiar historia de intriga y amor loco que toma su punto de inspiración en aquella foto de un beso que tomara el realizador junto al lanzaroteño Charco de los Clicos en la playa del Golfo. Arropada con exquisitez por la música de Alberto Iglesias y el sobresaliente tratamiento de la luz y la fotografía de Rodrigo Prieto, está rematada por una notable interpretación de los miuras de la película, un espléndido y convincente Lluís Homar, una entregada Blanca Portillo, quizás ligeramente sobreactuada, la solvencia de José Luis Gómez y una Penélope Cruz cuya fotogenia y duende ayudan a eclipsar otras carencias.

Y sobre todo y ante todo me fascinó una vez más la enorme capacidad de Almodóvar como urdidor de tramas y tejedor de historias. Esta es para mi su mayor virtud y con ese regusto me quedo.

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