Historia de un letrero

10 12 2008

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Aunque el tema que hoy recojo ya tiene un cierto recorrido, uno va cansándose del tema de derechos de autorías y demás servidumbres e impuestos revolucionarios sobre las ideas.

Y es que puestos a ser papistas, lo que es lo es porque ya lo es, de tal manera que si algo no es, imposible es que lo sea. Vamos, que, puestos a hilar fino a lo mejor debíamos empezar a pagar derechos de autor al propio Dios, al responsable del big bang o, carajos, al artífice de todo este tinglado, sea quien sea.

Esta reflexión viene al hilo de la polémica desatada por el cortometraje Historia de un letrero, del joven realizador mexicano Alonso Alvarez Barreda, quien a sus 24 añitos se hizo el pasado mayo con el premio Especial Cannes al mejor cortometraje 2008 otorgado en el marco del Short Film Corner del 61º Festival de Cannes.

A lo mejor, con lo peleada que está la vida en la metrópolis del celuloide, a alguien escuece que un desconocido chamaco que fue rechazado en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CEUC) de su país llegue con un corto que ni siquiera fue admitido en los certámenes nacionales de Guanajuato y Morelia y se haga con este importante galardón, que lo es a pesar de que algunos pretendan desacreditar este certamen francés que no vive sus mejores días.

Efectivamente existe un antecedente cinematográfico ciertamente semejante en temática y estructura. Se trata del corto Una limosna por favor realizado por el director español Francisco Cuenca Alcaraz y presentado en el 2006 en la IV edición del NoTodoFilmFest, sin la suerte por cierto de su secuela mexicana, más elaborada.

Si bien es cierto que el corto de Alonso Álvarez parece beber directamente del de Francisco Cuenca, igual de cierto es que la historia o el concepto que inspira ambas cintas es de dominio público y de sobra conocido en el ámbito de la mercadotecnia publicitaria.

Quizás alguien más avezado en estas lides hubiera cuidado con más detalle los créditos del corto, en los que figura el propio Alonso Álvarez como escritor, dando lugar a una ambivalencia que pudiera inducir a pensar que se quiere arrogar la autoría de la idea y no la del guión adaptado, como es el caso.

A buen seguro siendo comprensivos podríamos disculpar estas circunstancias atendiendo ya a la bisoñez del realizador ya a su falta de previsión, no exenta, también es justo reconocerlo, de un cierto espíritu pícaro. Poco o nada hubiera costado incluir la leyenda de “guión adaptado”.

El caso es que esta versión del joven de Tampico, a pesar de sus errores de racord, llamó la atención del jurado por su realización y capacidad para transmitir el mensaje y, más allá de su originalidad o falta de ella, tiene un mérito evidente. A mi no me duelen prendas en reconocerlo.

Sinceramente llega y me sugiere una nueva versión al cobijo de aquellos versos del también mexicano Francisco Alarcón de Icaza cuando ponía en boca de sus enamorados aquello de: “dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser, ciego en Granada”.

Y nada mejor para cerrar esta controversia que las palabras del autor de la versión española quien ya felicitó por su trabajo al joven mexicano y corroboró que la idea tampoco es suya, ya que se trata de una fábula anónima que circulaba por Internet desde el 2001 bajo nombres como el de El ciego y el publicista, unida como queda dicho a conceptos publicitarios y de autosuperación.

Paradójicamente, al igual que la historia que pretende contar, el propio autor ha sido víctima de su propio mensaje, que entre otras cosas nos enseña que en ocasiones tan importante es cuidar el contenido como las formas.

Zanjada la polémica espero pues con impaciencia el tercer corto del tampiqueño cuyo rodaje se anunciaba para el verano pasado con la participación de Julio Castillo y Alejandro Felipe Flores Torres.

Entretanto les dejo que disfruten con las dos versiones en discordia.

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17 12 2008
Javier Arbulu

Querido Iñaki,
he visto los cortos de la Hª de un cartel y se me plantean algunas cuestiones realmente curiosas.

En mi opinión el segundo de los cortos -quizá proféticamente- responde a la polémica en el breve diálogo que establecen el ciego ― que por momentos se parece horrores al Onetti echado en la cama de El dirigible- con el ejecutivo, en una de los pocos textos hablados que contiene el corto y, precisamente, con el que concluye: “Escribí lo mismo con otras palabras”. Pues eso.

De atender a su argumento parece que no queda ninguna duda de que se trata de la misma historia pero, como tú mismo señalas, huele a curso de marketing por correspondencia. Es decir, considero que en el fondo beben de una misma fuente. De ser así podrían aparecer nuevas autorías. Me alegro, también, de que queden algunos Francisco Cuesta.

Por otro lado, la segunda frase, la que escribe el ejecutivo en el cartón, me resulta notablemente peor que la primera. Igual estoy diciendo una barbaridad. La segunda de las frases: “Hoy es un hermoso día y no puedo verlo”. Tiene algo que no me gusta. Hay algo que no se dice, que queda velado. Algo que puede llamar a la culpa: ” Tú puedes ver el día hermoso y yo no”. Quizá es cierto que ése es el lenguaje de la mercadotécnia. Sin embargo en el primer cartel: “Por compasión, soy siego.” queda claro que está pidiendo dos cosas: (1) dinero y (2) que está pidiendo dinero por “compasión”, no por una cuestión de justicia universal.

Soy consciente de que los límites de la apelación al sentimiento de culpa en uno y otro cartel son difíciles de precisar. Pero me parece que si atendemos al primero de los carteles, que utiliza un mensaje más automatizado ― lo que en lexicografía llamamos una unidad fraseológica, es decir, una fórmula establecida- vemos que en los origenes, en el momento en que ese mensaje estaba aún vivo, aquel que decidió escribir ― o seguramente pronunciar- esa frase utilizó la palabra “compasión”. La “compasión” puede apelar a la culpa pero no tiene porqué. Es decir “compadecer” nos remite a la idea de “padecer con alguien”, de empatizar. Esa acción, la de ponerse en el lugar del otro, en principio no requiere de ningún sentimiento de culpa, no nos ponemos en el lugar de otro porque sintamos que lo que al otro le está pasando es culpa nuestra si no porque sentimos que lo que otro está viviendo, de alguna manera, también lo vivimos nosotros.

Uniendo ambos supuestos se me ocurre que en el propio corto se plantea ya lo que después sería el problema de fondo del que habla tu entrada: De un lado el ciego que utiliza un mensaje tradicional, de una autoría que el tiempo ya ha borrado y, del otro, el ejecutivo de la mercadotecnia que utiliza al ciego para hablar a través de él y probar la eficacia de su lenguaje (Vale que gracias al ejecutivo el ciego consigue dinero pero supongo que estarás conmigo en señalar que la seguridad con la que se mueve ese ejecutivo es absolutamente despreciable) Así, en este corto, podemos ver al “autor” ― quizá un espía de la SGAE- representado por unos zapatos negros bien lustrados -una nueva forma de lenguaje- que el ciego, puesto allí en el lugar del acervo común, más o menos anónimo, palpa y acaricia para reconocer.

En relación a lo que comentas: que el problema se hubiera solucionado de haber puesto “guión adaptado” en los créditos. Me parece que estás en lo cierto pero que es muy posible que Alonso Álvarez no halla utilizado esa opción por desconocimiento. Incluso, quizá, no la halla usado porque no pudo ir a aquella escuela de cine. Una vez más, se pone de manifiesto la importancia de conocer la tradición de la técnica que uno maneja.

Finalmente, en mi opinión, el mayor atentado contra la originalidad del corto de Alonso Álvarez es esa música que nos encontramos una y otra vez en esas historias hermosísimas, que a mi creo que una vez me gustó mucho y que ahora me pone de bastante mal humor.

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