Crítica: El libro negro

16 07 2007

A diferencia de las últimas películas que he tenido la ocasión de ver, recluidas en salas miniatúricas donde la pantalla parecía echársenos encima, en esta ocasión sentí un confesable arropo al encontrarme la sala principal repleta de gente, si bien no puedo negar una inicial desconfianza a sabiendas de cómo se viene movilizando al personal. Y es que sin marketing aquí no se mueve nada. Me imagino que en esta ocasión tampoco habrá podido ser de otra manera, me refiero a lo de atraer al público a la sala. Pero mala cosa es empezar con prejuicios por muy justificados que puedan parecer.

Superado este recelo inicial o muchos otros más que pudieran tener origen en el currículo comercial de Paul Verhoeven cimentado en éxitos como Instinto Básico, Desafío Total o Robocop, se hace fácil sucumbir ante su último trabajo, aunque no aquellos otros, a pesar de sus éxitos de taquilla, fueran menos merecedores. O a lo mejor son estados de mi alma que me hacen ver lo que quiero ver, o subrayar lo que para mí es relevante. Bien, es mi visión completamente particular de este abigarrado cuadro que a buen seguro puede tener múltiples interpretaciones.

Parece mentira que después de los kilómetros de metraje que se han empleado para abordar la segunda de las grandes guerras y el holocausto judío, todavía puedan lanzarse mensajes tan interesantes como los que nos transmite Paul Verhoeven, engarzados de forma magistral por un guión aupado hombro con hombro de la mano de su incondicional Gerard Soeteman.

Yo, que debo reconocer que siempre termino por perderme en los grandes títulos del espionaje, he navegado con rumbo y atención fijos durante las dos horas y media de esta travesía, quizás porque, aunque alguien la haya llegado a clasificar como tal, es una película que va más allá del suspense, del espionaje, de la acción más trepidante, aún teniendo todas éstas a raudales. Quiero pensar que al igual que en mi caso, sean muchos los que ante trabajos como éste reflexionen una vez más sobre la guerra y la condición humana. 

No llego a entender muy bien como algunos quieren ver en este proyecto conceptos de apología del patriotismo o similares. Si algo queda claro, más allá de maniqueísmos trasnochados utilizados por aquellos que nos quieren manejar a su antojo, es que en la guerra, en última instancia, sólo se lucha por uno mismo, acaso por el compañero, en definitiva, por la supervivencia, por el seguir siendo, porque es esa y no otra la primera razón de ser.

Nociones morales, éticas, ideológicas pierden su sentido cuando la vida está amenazada. Y si comprendemos esa necesidad básica de todo ser vivo, que es la de seguir viviendo, llegaremos a la conclusión de que más allá de conceptos como el bien o el mal, el ser humano se debe a la vida.

Y así, todos los protagonistas de esta película, que son reflejo directo de la realidad, no hacen otra cosa que intentar sobrevivir. Pero al parecer la supervivencia, como si de un gran pecado se tratara conlleva consigo una cruel penitencia: el sentimiento de culpa.

Deberíamos ser conscientes que si soltamos al monstruo del averno va a ser imposible controlar la reacciones que se van a precipitar en cadena. En una guerra prima el “sálvese quien pueda”. Desatado ese monstruo es inútil esgrimir razones. No hay guerras civilizadas. No hay guerras limpias. La única conclusión posible es: NO HAGAMOS LA GUERRA.

Aunque Verhoven haya querido alejarse de los EEUU y haya vuelto veinte años después a su Holanda natal para poner en pie este proyecto, no ha renunciado a utilizar una forma de hacer muy americana, en la línea del más puro entertainment. Pero qué leñes, viene al caso y ayuda al objeto. Y no voy a ser yo quien se niegue un caramelo de vez en cuando, sobre todo cuando la glucosa cinematográfica se me viene abajo.

Carice

Cuando el propio Verhoeven aduce que las escenas de sexo hubieran sido censuradas en EEUU y que esa fue una de las razones para venirse a rodar a Europa, tomamos consciencia de la grave patología de la doble moral e hipocresía americana. O a lo mejor es que uno es muy licencioso, que todo es posible. Cuando ustedes la vean me cuentan.

A mi juicio, más allá de las escenas mencionadas, de un recatado impropio para Verhoeven, el contenido que encierra este film y que previamente he resaltado, hubiera sido difícilmente posible en un país dominado por el dogmatismo y la arrogancia del que se cree siempre en poder de la verdad y adalid del Bien.

El hecho de que haya sido canalizado a través de una coproducción entre Holanda, Bélgica Alemania y Gran Bretaña, ha hecho posible trascender tópicos y clichés y mostrar una visión si no más objetiva si al menos más plural, partiendo incluso de una versión original rodada en holandés, alemán, inglés y hebreo.

Sin lugar a dudas Europa era la mejor cuna para este bebé que retoma de alguna manera aquel Soldier of Orange y hace una lectura mucho más radical desde otra perspectiva. Un reparto netamente europeo, encabezado por una Carice van Houten que encarna a la perfección la idea recurrente de Verhoeven sobre la mujer, fuerte e inteligente, nos obsequia una interpretación magistral, haciéndonos creíble por completo una historia que no deja de ser especialmente intrincada, mérito éste que también debería ser compartido por un guión cuya pulcritud supera a la complejidad.

Quizás los amantes de los sofisticados efectos especiales que solo se pueden permitir producciones con mayor presupuesto echen en falta un mayor despliegue escénico, pero yo desde luego entiendo que la idea se refleja intacta aún más con mayor carencia de medios.

Quisiera hacer una mención especial para la banda sonora de Anne Dudley. Si ya los fotogramas nos secuestran el corazón y el estómago en una angustia sin pausa, la música estremece por si sola.

Pero no seamos ingenuos, Paul Verhoeven no renuncia a su lenguaje explícito e impactante cuando muestra la realidad. Esa desnudez puede resultar incluso violenta, pero no enmascara una gran sensibilidad. En cualquier caso una película con sabor añejo y profusamente aliñada para quien no tema un menú muy picante.

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4 responses

3 08 2007
Douglas Coronel

Excelente, Iñaki, siempre me ha parecido interesante Verhoeven y me cuento entre los pocos miembros del Show Girls Fan Club.
Me gusta eso de usar el enterteinment sin ningún pudor para sus propósitos.

Esto solamente me confirma que tengo que ver Zwartboek lo más pronto posible.

Saludos

3 08 2007
gauna

Por cierto, me cuesta entender porqué la tomaron en su día con ShowgIrls. Al fin y a la postre esa cinta ofrece momentos muy apetecibles. Aunque sólo sea por esa constante crítica, transgresora, morbosa, refrescante y hasta grosera si se quiere, por otra parte tan propia de Verhoeven, se hace merecedora a algo más que a las críticas tan descalificantes que aún hoy en día recibe. Además he de reconocer que tengo cierta debilidad por la atmósfera kitsch y todo lo irreverente. ¡Qué se le va a hacer!

31 12 2007
El cine que me tocó en el 2007

[…] El libro negro, de Paul Verhoeven. No se me enfade nadie pero esta es la niña de mis ojos. El Verhoeven que más […]

17 03 2008
Crítica: Los falsificadores « A media luz

[…] inclino más por la poesía visual de Sin destino de Lajos Koltai o el polivalente dinamismo de El libro negro de Paul […]

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