Crítica: Saraband

16 07 2007

Cuando todo parecía indicar que el genio creador de Ingmar Bergman se extinguía definitivamente allá en la isla de Faro, Sarabanda se nos presenta como el último tren al que parece aferrarse esta figura señera de la cinematografía del siglo pasado, que lo es, guste o no guste.

Tampoco tengo el cuerpo últimamente para muchos excesos intelectuales pero hay cosas que obligan. Y bueno, en todo caso es cuestión de elegir el día bueno y prepararse como aquel que se prepara para una opípara comida, no vaya a ser que se te indigeste. Y digo esto porque el de la butaca de al lado me dio la película roncando como un auténtico bucanero. Así que por favor, aviso a navegantes, ésta no es película fácil, el que no conozca a Bergman por favor infórmese antes, que hay formas mucho más baratas y reconfortantes de disfrutar de un sueño placentero.

Entendiendo la edad de Bergman que a la sazón ronda los 90, el recurso fácil es decir que se trata de un testamento. Lo de menos es que lo sea, lo que es obvio es que Sarabanda recoge todo aquello que Bergman ha venido trabajando durante toda su vida creativa, y no sólo creativa ya que en múltiples aspectos no deja de ser un espejo de su propia vida personal.

En definitiva, no sorprende, sigue en su línea, si cabe más crudo, más desnudo. Probablemente, nunca se ha preocupado de lo que el gran público dijera o dejase de decir, pero en esta ocasión más que nunca prescinde de cualquier ornamento para la galería y hace lo que siempre ha hecho. Puede no gustar, pero lo que hace lo hace de manera genial.

Sigue indagando en la angustia existencial del ser humano, penetra en lo más profundo de los personajes de forma descarnada pero con una gran humanidad que le permite abordar cualquier tema con tanta crudeza como ternura. En esta ocasión retomando una historia que ya presentó en Escenas de la vida conyugal, y rescatando a sus actores (Liv Ullman y Erland Josephson) estudia desde diferentes ángulos las múltiples perversiones del amor, en cuyo nombre tantas y tantas veces torturamos, esclavizamos y agredimos.

A un ritmo pausado y templado como el de la Sarabanda y en una estructura capitular, Bergman nos va desgranando los dilemas y las obsesiones que le han perseguido durante toda su existencia, y todo ello con la habitual maestría en el tratamiento de la luz, en la indagación sicológica, con el tratamiento teatral tan a su gusto y recreándose en unos primeros planos magníficos que dan a la obra una contundencia definitiva.

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