Crítica: Grbavica

7 06 2007
Grbavicacartel
Título original: Grbavica
Título: Grbavica, el secreto de Esma
Países: Austria, Bosnia-Herzegovina, Alemania y Croacia
Año: 2006
Duración: 90 min.
Género: Drama
Director: Jasmila Žbanić
Guión: Jasmila Žbanić
Intérpretes: Mirjana Karanović (Esma), Luna Mijović (Sara), Leon Lučev (Pelda), Kenan Ćatić (Samir), Jasna Omela Berry (Sabina), Dejan Aćimović (Čenga), Bogdan Diklić (Šaran), Emir Hadžihafizbegović (Puska)
Música: Enes Zlatar
Fotografía: Christine A. Maier
Estreno en Austria: 3/03/2006
Estreno en España: 24/11/
Web oficial: http://www.coop99.at/grbavica_website/

Cada vez son menos las ocasiones en que puedes salir de la sala de cine pensando que has visto algo más que una película. Y es que, finalizada la proyección, extinguidos los créditos, deslumbrados aún por las luces que te sacan de sopetón de lo que parece una pesadilla, penosamente encuentras ánimo para levantarte de tu butaca, clavado en la reflexión en que te precipita esta historia tan realmente poderosa.

No había aún vuelto a mi ser cuando sentí la mano de un antiguo compañero de la universidad que se posó en mi hombro desde la butaca de atrás y me espetó un “oso gogorra” (muy dura). No hubo más palabras. Así de simple y de contundente se escribe la palabra que se adueñó por unos momentos de la conversación de la mayoría de los espectadores.


Efectivamente, después de asistir a una cinta que te transmite de una manera tan auténtica, tan real, tan lúcida y tan limpia, el dolor inmisericorde que podemos llegar a producirnos mutuamente los seres humanos, hay que tener muy cristalizado el corazón para no sentir una hiriente lanzada en lo más profundo de tu ser. Y te hace llorar, no ya con lágrimas, sino con hiel que parece quemarte las mejillas. ¡Hasta qué punto puede llegar la vileza de la condición humana!

Con el cuerpo que se te queda después de la película, pocas ganas me quedan de perderme en consideraciones técnicas o artísticas, pero entiendo que ha sido precisamente el tesón por buscar la coproducción, la impecable labor artística, la enorme lucidez y la extraordinaria sensibilidad de su directora, residente por cierto muy cerquita del barrio de Sarajevo en el que discurre la acción, lo que ha permitido que este magnífico retrato de las posguerra en los Balcanes haya podido alcanzar nuestra pantallas, desde una Bosnia donde hacer cine es un auténtico milagro.

Siempre saldrá el entendido de turno que diga que el Oso de Oro a la mejor película de la Berlinale que se llevó este trabajo no responde a sus méritos artísticos sino al eco desgarrador de la historia que se nos cuenta o al obligado tributo purgatorio que conllevan las secuelas de estas tragedias.

Yo sin embargo aplaudo esta película en todos sus sentidos. Porque hace falta muchísimo arte para contar una tragedia tan cruenta de una manera tan exquisita y delicada, dejando entrever todo el dolor que corroe el alma de esas mujeres que sufrieron una de las peores torturas a las que se puede someter a un ser humano, la de ser humillado, vejado, violado, y, por si esto fuera poco, condenado a engendrar y amar esa vida que su enemigo ha sembrado inicuamente sin otro propósito que el de producir odio, odio que será muy difícil de borrar en muchas generaciones.

La cotidianeidad o asepsia informativa de los telediarios nunca evitará que sienta un gélido escalofrío cada vez que me paro a pensar en el indescriptible drama humano de estas mujeres condenadas a amar a lo que más odian. Son muchas las preguntas que martillean en mi cabeza sobre los lados más tenebrosos de la condición humana.

Después de las tragedias siempre se buscan cabezas de turco, chivos expiatorios de los desmanes colectivos. Podremos juzgar y condenar a Karadzic, a Milosevic, a Izetbegovic, y al sumsumcorda, pero esto no nos redimirá de nuestras responsabilidades, que siempre son personales e intransferibles. Porque ellos no violaron a las más de 20.000 mujeres que fueron brutalmente torturadas y preñadas por el odio. Ellos no torturaron y asesinaron a 100.000 personas. Fueron personas como tú y como yo, con nombres y apellidos, que bien pudieran haber tomado otra actitud y no lo hicieron.

Cada cual es responsable de sus actos, y no valen medias tintas. Y estas actitudes indolentes son las que más me preocupan. Como también me preocupa que, por si no fuera poca la tragedia de estas mujeres, deban soportar las miradas acusadoras de sus propios conciudadanos y observar como aquellas otras mujeres cuyos maridos han muerto como mártires (“sahdid”) reciben las ayudas del estado mientras que ellas tienen que agarrarse a lo que pueden para dar a sus hijos lo que los otros tienen por derecho. ¡Quién puede ser más mártir que ellas!

En ese sentido, si alguna vez el arte estuvo obligado a comprometerse sin condiciones con la realidad, ésta ha sido una de esas ocasiones. Y hemos tenido la suerte de descubrir y contar para tal menester con una directora, Jasmila Žbanić, de esas que me fascinan, que saben contar sin decir, que saben transmitir todo lo esencial sin hurgar en la herida, que saben mantener en alto la antorcha de la esperanza en el pozo más oscuro de las miserias humanas.

Y en esa ardua labor ha contado con dos actrices, Mirjana Karanović, habitual de Kusturica, y la novel Luna Mijović, en los papeles de madre e hija respectivamente, que tal es la autenticidad que transmiten que te parece estar presenciado un documental.

En definitiva, una película imprescindible sobre algo que nunca debiera haber pasado pero que mucho me temo, y eso es lo que más coraje me da, pueda volver a pasar. En nuestra mano está evitarlo. No busquemos excusas y dejemos que películas como éstas explosionen en lo más profundo de nuestra conciencia.

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