
Barrio Cuba, segunda entrega de la trilogía del pueblo que el cineasta cubano Humberto Solás comenzara hace seis años con “Miel para Oshún”, se trata de una coproducción hispano-cubana hecha con escasos recursos materiales (DVC Pro 50 PAL) que vienen de sobra compensados por un trabajo cimentado en la honestidad de lo personal, y edificado entorno a un acertado aunque a veces extremo e inconexo guión, cuyo mayor éxito sea quizás su impactante realismo.
Un excepcional ramillete de actrices y actores cubanos de gran talento, que nos recuperan a un afortunado Jorge Perugorría y encabezados por una convincente Luisa María Jiménez junto a la musa del director Adela Legrá dan vida a 3 líneas argumentales paralelas que sobre todo subrayan la universalidad de los sentimientos y anhelos humanos más allá de culturas o cualquier vicisitud impuesta por la coyuntura.

Desde un barrio de los arrabales de esa otra ciudad de la Habana que se agazapa celosa de sus intimidades a los ojos del turista ávido de ron, sol y son, las cubanas y los cubanos se debaten en una lucha cuerpo a cuerpo por sobrevivir y medrar en un escenario hostil lleno de mugre y escombros donde la revolución no es más que un telón de fondo de color sepia como parece querer susurrarnos la propia fotografía, por cierto muy meritoria a pesar de las limitaciones de lo digital.
Pero a pesar de la precariedad de sus condiciones materiales, aún sin tener más que unas papas o unos tristes fríjoles que llevarse a la boca, hacinados en ruinosas estancias donde la intimidad sólo existe en el pensamiento, hay quien se empeña ejemplarmente en demostrar que la dignidad no está sometida al dictado de las circunstancias. De la misma manera que los hay quienes irremisiblemente sucumben ante el rigor de las penurias.

Y así, Humberto Solás, cofundador del llamado Nuevo Cine Latinoamericano casi cinco décadas atrás y abanderado de lo que el mismo ha venido en llamar “cine pobre” en el marco de un proyecto resuelto gracias a la solidaridad desinteresada de actores y músicos, nos desgrana con gran frescura y soltura el afán de sus personajes por realizarse y progresar hacia un mundo más feliz en lo personal manteniendo en lo alto la antorcha de una esperanza en una situación que sólo invita al desaliento. Una felicidad que pasa por la modestia de disfrutar de las cosas simples, profundas y probablemente comunes a todos los mortales: el calor de un nieto en tu regazo, el sudor ardiente del pecho de tu ser amado, los brazos abiertos de un niño corriendo al abrigo de su padre, o la alegría de contar con un trozo de pan para tus hijos …
Trascendiendo todo el misticismo estereotipado sobre la Cuba colorista, rumbera y promiscua que nos venden los tour-operadores, sin afanes reduccionistas o concluyentes, sin ahondar directamente en cuestiones políticas pero sin rehuirlas, Humberto Solás nos presenta el día a día trágico del sentir de un pueblo brioso a través de una historia más plural que coral, donde se manifestarán con extrema naturalidad todas las contradicciones de temas tan manidos, actuales o recurrentes como el amor o el desamor, los conflictos generacionales, la delincuencia, la soledad, la muerte, la homosexualidad o la emigración interna y externa hacia un mundo más prospero.
Se trata pues de una historia de sentimientos y emociones surgida del corazón y hecha hacia adentro que sin embargo peca de cierta pretenciosidad ejemplarizante y representativa en su reivindicación soterrada de los valores patrios o la unidad y solidaridad de la familia. Igualmente las críticas de diferentes realidades sociales (machismo, racismo,…), lo son siempre sabiamente atemperadas, cuidando en no poner en ningún caso en tela de juicio el propio sistema que siempre le ha protegido y le permite esta mesurada disidencia cómplice. Pero no por ello ni por el recurso más bien fácil hacia cierta sensiblería efectista deja de ser una producción sincera que emociona a intervalos y especialmente en el cierre.
Y todo ello arropado en una banda sonora ad hoc hecha al ritmo de composiciones de músicos de la talla de la orquesta Van Van, Habana Abierta, Carlos Varela, Polito Ibáñez, Pablito FG o el cantaor flamenco Diego el Cigala.
En definitiva, una crónica social testimonial sincera pero que no por lo subjetiva deja de ser tan fehaciente como lo pudieran ser muchas otras expuestas en clave diferente. Una pieza más, meritoria e imprescindible, para completar el mosaico de este país tan complejo y profuso en contradicciones, orgulloso pero esclavo de su propia utopía.




